Esos años acumulados de luz, que pasan paulatinamente, a través de lágrimas y risas. Esos dulces y tristes años, años de melancolía, que dan vueltas y se van, años que van en línea recta, que avanzan, no descansan, continúan y rebosan de amor, soledad, nostalgia y belleza. Esos años que se notan, que se arrugan, achican, se despintan, pero que resplandecen con una luz interior renovada. Una profundidad del alma que viene de vivir bien por muchos años, y una belleza que solo aumenta con el tiempo. Esos años acumulados de luz, luz que refleja la esencia, luz que brilla, luz que ilumina el día y con ternura logra lo que quiere.

89 años tiene mi abuela. 89 años transcurridos entre sonrisas, soledades, aciertos y dolores. Acompañada solamente del color añejo de las cosas viejas que no se cansa de usar, los recuerdos de mi abuelo que aun viven en su memoria, sus perlas antiguas e intactas, sus biblias que usa con frecuencia, y su lápiz labial carmesí que usa aun en sus arrugados labios llenos de historias que contar. Con un corazón libre que se empeña en disfrutar de la soledad, sin impedirle gozar de la compañía de sus 3 hijas y sus 6 nietos. Con una belleza que no caduca con los años, y sin duda, la mirada de sus ojos celestes me lo recuerda cuando la observo mirándose al espejo con su siempre sonrisa llena de picardía.

Para mi, su vida es la distancia que ha recorrido su luz en resplandecer a otros a través de todos estos años. Sus años de luz.

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